Viajes y Reportajes
     
Amazon?a Peruana: Un Crucero por la Selva
     
(InfoTourPeru.com: 2005-09-06) "Cuesta creer que lo que he vivido sea real. Me siento en paz y con la sensaci?n de haber atesorado algo muy valioso. Mientras escribo este art?culo, a?n conservo la sensaci?n de flotar en el r?o." Un d?a del mes de junio recibo una llamada desde Lima para invitarme a un crucero a la Reserva Nacional Pacaya-Samiria, coraz?n de la Amazon?a Peruana, situada en el departamento de Loreto entre los r?os Ucayali y Mara??n, desde Iquitos, aguas arriba por el r?o Amazonas. A medida que avanzaba la conversaci?n, fueron tomando forma en mi mente im?genes rom?ntico- tarzanezcas, al punto de llevarme a aceptar la invitaci?n antes de colgar. Estaba totalmente seducido por la idea, sin embargo, al rato se me vino al pensamiento una mala experiencia anterior en la selva centroamericana. Tarz?n sucumbi? ante la siniestra idea de una semana de navegaci?n con calor h?medo en una cabina sin aire, mosquitos talibanes y gringos jubilados en busca de "la vivencia Animal Planet de su vida". No ten?a dudas de haberme embarcado en un "panorama chino". Paranoico con lo que se ven?a, y sin m?s remedio que armarme de paciencia, organiz? el heterog?neo equipaje que imagin? necesario acarrear para enfrentar estos avatares: repelente y vitamina B (ambos para intentar sobrevivir a los mosquitos), bloqueador solar, ropa de algod?n, cortaviento impermeable (de preferencia blanco para no atraer los mosquitos), binoculares, varios rollos de fotos, todo tipo de remedios para enfrentar -a lo menos- una enfermedad tropical, zapatos adecuados anti-serpientes y otros reptiles para caminar durante las excursiones en tierra; y para bancarme el aburrimiento durante los tiempos ociosos, un par de buenos libros, crucigramas, las infaltables revistas sociales, un Condorito, walk-man, CD's, etc. Una semana m?s tarde, aterrizamos en Iquitos. Nos recibieron nuestros anfitriones de Junglex -empresa propietaria de los cuatro barcos que hacen la navegaci?n- para trasladarnos al muelle y avisarnos que quien lo necesite, enviara su mail o hiciera su ?ltima llamada telef?nica en ese momento, pues durante la navegaci?n se pierde todo contacto con el mundo exterior. La Amatista, el barco que ser?a nuestra casa y refugio por los pr?ximos siete d?as, luc?a encantadora y rom?ntica. Se trataba de un barco fluvial de principios del siglo pasado, construido ?ntegramente en madera y pintada en colores amarillo, verde y marr?n. Tiene diez impecables cabinas de madera barnizada en tono oscuro, con aire acondicionado, generosas ventanas y un ba?o de buen porte. La tripulaci?n nos recibi? con una simp?tica sonrisa y nos hizo sentir de inmediato en casa. Pocos minutos despu?s de abordar, La Amatista comenz? a navegar aguas arriba por el r?o Amazonas. De pronto, y junto con el primer pisco sour del viaje, el aburrimiento que imagin? antes de salir de Santiago (Chile) desapareci?: la temperatura y la humedad eran perfectamente soportables, no hab?an mosquitos y los gringos que hab?an embarcado no parec?an ser tan feroces. Me apront? a almorzar en medio del r?o y tuve la sensaci?n de que lo que ven?a "promet?a". La comida a bordo era sencilla y sin mayores pretensiones, pero -como toda la cocina peruana- era muy sabrosa y variada. Diariamente se preparaban pocos pero deliciosos platos. La inexistencia de esos fastuosos buffet de crucero com?n -que al segundo d?a dejan a los pasajeros a punto de reventarse por el exceso de comidas y la falta de movimiento- hizo que uno se sintiera liviano y con energ?as durante todo el trayecto. La vida en el barco flu?a apacible. Los tiempos est?n bien organizados e incluyen hasta reponedoras siestas. El ambiente es relajado. Nada de formalidades ni bijouterie ni tenidas de alta noche. Durante las ma?anas y tardes se hacen excursiones en lancha para el avistamiento de animales. A trav?s de los binoculares se divisan todo tipo de aves ( guacamayos, cigue?as, garzas, martines pescador, etc); caimanes; serpientes; delfines rosados; osos perezosos; monos, etc. Los gu?as son maestros para avistar los animales y dirigir las miradas de los pasajeros. Los paisajes que la Reserva va desplegando a medida que las lanchas se internan, parecieran haber sido dise?ados por geniales y enfebrecidos paisajistas. Gigantescos ?rboles milenarios, plantas acu?ticas, flores y enredaderas, conviven en perfecto y bello equilibrio con la diversa fauna local. La percepci?n de ese equilibrio me produjo una constante e intensa emoci?n. Durante los tiempos prolongados de navegaci?n, los gu?as nos instruyeron sobre sus experiencias en la selva, de la vida humana y animal en el r?o, de bot?nica, ecolog?a, educaci?n para la protecci?n del medio ambiente, etc. Cada noche, cerca de las 22:00 horas y gracias a su calado, el barco atracaba en cualquier parte a orillas del r?o y suspend?a la navegaci?n hasta las 06:00 am. A consecuencia de ello, se dorm?a pl?cidamente, acompasado por los intensos ruidos de la selva, y con una agradable sensaci?n de protecci?n y seguridad en la cabina. La noche ten?a un especial atractivo, ya que se produc?a un total cambio de actores que luchan por su subsistencia hasta la ma?ana siguiente. Una vez salimos de excursi?n a observar caimanes. Desplazarse en silencio, a oscuras por el medio del r?o, bajo un concierto ensordecedor de ruidos, y alumbrar con potentes linternas las orillas donde brillan cientos de lucecitas rosadas -los ojos de los caimanes justo por sobre el nivel del agua- es un espect?culo sobrecogedor y aterrador. Luci?rnagas, p?jaros nocturnos y algunos mosquitos, completan una atm?sfera conmovedora que me hizo tomar conciencia de nuestra propia vulnerabilidad ante tanta y salvaje vida. Mientras navegaba, La Amatista se saludaba frecuentemente con ferries sobrevendidos hasta el techo de pasajeros; con balsas hechas de grandes troncos unidos entre s?, y otras balsas-corrales repletas de peces vivos, desplaz?ndose aguas abajo. Sobre ellas, viajan comerciantes que levantan carpas e instalan hamacas esperando pacientemente -sin importar las inclemencias del tiempo, y a veces hasta siete d?as- que la corriente los transporte hasta el puerto de Iquitos, donde venden su preciada mercader?a. Hacia el final, pasamos a visitar "Vista Alegre", una de las aldeas a orillas del r?o. Sus habitantes nos recibieron sonrientes y nos invitaron a visitar sus casas-palafito, y de pasada ofrecernos sus artesan?as (importadas desde Iquitos, y desde luego, con su correspondiente sobreprecio). Sorprendentemente, nadie pide plata ni cobra por posar para una foto. Una se?ora inglesa ha descendido con varios y peque?os paquetes de regalo que comienza a repartir a los ni?os. L?pices de colores, figurines y botellas con espuma para soplar y producir burbujas generan total algarab?a en Vista Alegre. Paralelamente, don Juan Torres, el interesant?simo Cham?n de la aldea, nos cuenta de sus m?todos de sanaci?n y nos invita, para la pr?xima vez que les visitemos, a un "viaje" con ayahuasca, hierba a trav?s de la cual ve el estado del cuerpo y alma del paciente. Me comprometo -esta vez sin dudas- a realizar tan alucinante viaje. As?, sin darme cuenta, y colmado de nuevas sensaciones, lleg? el momento de desembarcar en Iquitos. Los d?as se hab?an pasado volando. Cuesta creer que lo que he vivido sea real. Me siento en paz y con la sensaci?n de haber atesorado algo muy valioso. Mientras escribo este art?culo, a?n conservo la sensaci?n de flotar en el r?o.